Catorce minutos, treinta cuadros pintados a mano y un plano que todo el mundo reconoce aunque no haya visto la película: una cápsula clavada en el ojo de la Luna. Es de 1902, lo hizo un ilusionista que se metió en el cine por accidente, y sigue siendo el primer efecto especial que le importó a alguien.
En corto. No es el primer viaje a la Luna del cine por casualidad: es el primer sitio donde alguien entendió que la cámara podía mentir a propósito. Méliès no filmaba la realidad, montaba trucos de escenario y luego los pegaba entre sí.
Ficha técnica de Viaje a la Luna
Dirección
Georges Méliès
Estreno
1902
Duración
Unos catorce minutos
Estructura
Treinta cuadros, cada uno un decorado
Color
Copias pintadas a mano, fotograma a fotograma
Dónde se rodó
Estudio de cristal en Montreuil
Estado hoy
Restaurada a partir de una copia hallada en 1993
Un mago que se compró una cámara
Méliès dirigía un teatro de ilusionismo en París cuando vio la primera proyección de los hermanos Lumière. Les pidió comprarles el aparato, le dijeron que no, y se fabricó uno.
Eso explica casi todo lo que hizo después. Los Lumière apuntaban la cámara a un tren que llegaba a la estación; Méliès la apuntaba a un truco preparado, exactamente igual que apuntaba la mirada del público hacia donde le convenía en el escenario.
Lo que hacía el cine de entonces
- Registrar algo que pasaba delante.
- Un plano fijo, una toma, se acabó.
- El interés está en el movimiento mismo.
- La cámara es un testigo.
Lo que hizo Méliès
- Preparar algo que no podía pasar.
- Treinta cuadros montados en orden.
- El interés está en el engaño.
- La cámara es cómplice.
El estudio que se construyó en Montreuil tenía las paredes y el techo de cristal para aprovechar la luz del día, y por dentro era un teatro: tramoya, escotillones, contrapesos. Rodaba como quien levanta el telón.

Cómo está hecha la película
El plano famoso —la cápsula que se incrusta en la cara de la Luna— no es un efecto digital de 1902, obviamente, pero tampoco es un truco de laboratorio. Es un decorado que se acerca a la cámara sobre raíles mientras un actor maquillado aguanta la mueca.
El resto funciona igual: sustituciones por corte, sobreimpresiones, maquetas, telones pintados en perspectiva forzada. Nada de esto se inventó aquí, pero aquí se usó todo junto y con un plan.
- La reunión de sabios. Un cuadro de teatro puro, con telas pintadas y figurantes.
- El lanzamiento. Cañón, chicas de la marina y humo de verdad.
- El impacto. El decorado avanza hacia la cámara. Eso es todo el truco.
- La Luna. Selenitas que estallan en humo: sustitución por corte.
- La vuelta. Caída al mar, con acuario delante del objetivo.
Y las copias en color se pintaron a mano, fotograma a fotograma, por un taller de mujeres en Vincennes. Con veinticuatro imágenes por segundo y catorce minutos de película, echa la cuenta de lo que eso significa.
El robo, la ruina y la chatarra
La película fue un éxito enorme y Méliès no vio casi nada. En Estados Unidos se duplicaron copias y se distribuyeron sin pagarle: el negocio del cine todavía no tenía ni la idea de que aquello se pudiera poseer.
Cuando el cine se industrializó, su manera de trabajar —un hombre, un estudio, un truco— dejó de tener sitio. Acabó arruinado, con sus negativos vendidos, y atendiendo un puesto de juguetes en la estación de Montparnasse.
El dato que duele. Buena parte de su obra se fundió durante la guerra para recuperar la plata y el celuloide. Se calcula que de sus más de quinientas películas se conserva menos de la mitad, y de muchas sólo hay fragmentos.

La copia en color que apareció en Barcelona
Durante décadas, del Viaje a la Luna sólo circulaban copias en blanco y negro. Se sabía que había existido una versión coloreada, pero se daba por perdida.
En 1993 apareció una en Barcelona, en un estado lamentable: la película se había convertido prácticamente en un bloque sólido. Tardaron casi veinte años en separarla, digitalizarla y recomponerla fotograma a fotograma.
Una película de 1902 recuperada con ordenadores de 2010. A Méliès, que se fabricó su propia cámara porque no se la vendían, le habría parecido bien.
Arnau San Freda
Preguntas frecuentes
¿Es la primera película de ciencia ficción?
Depende de qué se considere ciencia ficción, pero es la primera que se recuerda y la primera que fijó un imaginario. Antes hubo trucos con cohetes y astros; aquí hay un viaje con su preparación, su llegada y su regreso.
¿De verdad dura sólo catorce minutos?
Sí, unos catorce a la velocidad de proyección habitual de la época. En 1902 eso era una película larguísima: lo normal era un minuto o dos.
¿La versión en color es un añadido moderno?
No. Se pintaron copias a mano, fotograma a fotograma, ya en 1902. Lo que es moderno es la restauración: la copia coloreada que se encontró en Barcelona en 1993 estaba casi destruida y se recompuso digitalmente.
¿Dónde se puede ver?
Está en dominio público y circula legalmente en múltiples archivos y filmotecas en línea. Merece la pena buscar la restauración en color y no la primera copia que aparezca.
Veredicto: el primer truco que sigue funcionando
Ciento veintitrés años después, el plano de la cápsula en el ojo no da risa. Da otra cosa: la sensación de estar viendo a alguien descubrir para qué servía el invento que tenía delante.
No hay que verla como quien cumple un trámite histórico. Son catorce minutos, está en dominio público y es la única película de esta lista que se puede ver entera antes de que se enfríe el café.
De otra criatura fabricada por un hombre que no midió las consecuencias, Frankenstein.
Imagen destacada: fotograma coloreado a mano de Le Voyage dans la Lune (1902), Georges Méliès, dominio público vía Wikimedia Commons.




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