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Portada de la primera edición de Frankenstein, de 1818

Frankenstein: lo escribió una chica de dieciocho años y nadie lo ha superado

El verano de 1816 no hubo verano. La ceniza de un volcán indonesio había tapado el cielo de media Europa, y en una casa junto al lago de Ginebra un grupo de ingleses aburridos se retó a escribir historias de fantasmas. La única que terminó la suya tenía dieciocho años, se llamaba Mary y acababa de inventar, sin proponérselo, la ciencia ficción.

En corto. No es una novela de monstruos: es una novela sobre la responsabilidad de quien crea algo y luego no quiere hacerse cargo. Doscientos años después sigue siendo la mejor lectura disponible sobre tecnología y consecuencias.

Ficha técnica de Frankenstein

Título completo

Frankenstein o el moderno Prometeo

Autora

Mary Shelley

Publicación

1 de enero de 1818, en tres volúmenes

Primera edición

Anónima

Edad de la autora al empezarla

Dieciocho años

Origen

El reto de Villa Diodati, verano de 1816

Estructura

Cartas dentro de un relato dentro de otro

De qué va, para quien sólo ha visto las películas

Un estudiante suizo obsesionado con vencer a la muerte ensambla un cuerpo con restos humanos y le da vida. En cuanto la criatura abre los ojos, él sale corriendo de la habitación y la abandona.

Todo lo demás del libro es la consecuencia de ese acto. La criatura aprende sola a hablar, a leer y a razonar, descubre que el mundo la rechaza por su aspecto y acaba buscando a su creador para pedirle cuentas.

Lo que las películas cambiaron. En el libro no hay laboratorio con relámpagos, ni ayudante jorobado, ni la criatura es muda ni tonta: es elocuente, culta y razona mejor que Victor. Y no se llama Frankenstein. Frankenstein es el que la hizo y salió corriendo.

Esa última confusión es tan vieja como el cine y tiene su ironía: hemos acabado llamando monstruo al creador, que es exactamente la tesis del libro.

Mary Shelley retratada por Reginald Easton
Mary Shelley retratada por Reginald Easton. Foto: Reginald Easton (Public domain, Wikimedia Commons).

Qué la hace especial

Que la pregunta no es si se puede hacer, sino qué pasa después. Victor resuelve el problema técnico en unas pocas páginas y dedica el resto de la novela a huir de lo que ha hecho.

Eso, en 1818, era una idea nueva. La literatura anterior de lo sobrenatural ponía el mal fuera: demonios, maldiciones, fuerzas antiguas. Aquí el desastre lo provoca un hombre educado, con buenas intenciones y acceso a los mejores medios de su época.

La criatura no es el monstruo del libro. El monstruo es el que la fabrica, la mira y cierra la puerta.

Arnau San Freda

Y está escrito con una estructura que todavía sorprende: cartas de un explorador que recogen el relato de Victor, dentro del cual está el relato de la criatura. Tres voces, tres versiones, y el lector decidiendo a quién cree.

El contexto, que explica el libro entero

El año sin verano fue real: la erupción del Tambora en 1815 metió tanta ceniza en la atmósfera que 1816 fue frío y gris en todo el hemisferio norte. Las cosechas fallaron y hubo hambre.

En ese verano encerrado, en Villa Diodati, estaban Byron, su médico Polidori, Percy Shelley y Mary. Del reto salieron dos criaturas que siguen vivas: Frankenstein y, de la mano de Polidori, el primer vampiro literario moderno.

  1. 1815El volcán Tambora entra en erupción en Indonesia.
  2. 1816El año sin verano. Europa, encerrada y a oscuras.
  3. Villa DiodatiEl reto de escribir historias de fantasmas.
  4. 1818Se publica, anónima y en tres volúmenes.
  5. 1831Edición revisada y firmada, con un prólogo de la autora contando todo esto.

Que una chica de dieciocho años ganara ese concurso a Byron dice bastante sobre quién tenía algo que decir y quién sólo tenía renombre.

Mary y Percy Shelley, en un grabado a partir del monumento de Henry Weekes
Mary y Percy Shelley, en un grabado a partir del monumento de Henry Weekes. Foto: George J. Stodart / Henry Weekes (Public domain, Wikimedia Commons).

Por qué leerlo hoy

Porque es el manual de instrucciones de una conversación que llevamos teniendo dos siglos y que ahora mismo está en todos los periódicos: alguien construye algo que no entiende del todo y decide que las consecuencias son problema de otro.

Cámbiale el nombre a la criatura y ponle el de cualquier tecnología reciente. La estructura del argumento no hay que tocarla.

  • Se lee en un fin de semana: es corto.
  • Está en dominio público: se consigue gratis y legalmente.
  • Hay dos versiones, la de 1818 y la de 1831; la primera es más dura.
  • Y olvida las películas antes de empezar.

Preguntas frecuentes

¿Frankenstein es el monstruo?

No: Frankenstein es Victor, el estudiante que la crea. La criatura no tiene nombre en toda la novela, y ése es uno de los detalles más deliberados del libro. La confusión viene del cine.

¿Es una novela de terror?

Menos de lo que su fama sugiere. Tiene escenas terribles, pero el motor del libro es moral: qué debes a lo que has creado. Se lee más cerca de una tragedia que de una historia de miedo.

¿Qué versión conviene leer?

La de 1818 es más directa y más dura; la de 1831, revisada por la propia autora, suaviza algunas aristas y añade un prólogo donde cuenta el origen del libro. Si es tu primera vez, la de 1818.

¿Es de verdad la primera novela de ciencia ficción?

Es la primera en la que lo extraordinario se explica por la ciencia de su época y no por la magia o lo sobrenatural. Ese cambio de explicación es lo que la separa de todo lo anterior, y por eso se la considera el punto de partida.

Veredicto: doscientos años y sigue siendo la pregunta correcta

Frankenstein no envejece porque no depende de su tecnología. La criatura podría fabricarse hoy de diez maneras distintas y el libro seguiría funcionando igual, porque lo que examina no es el procedimiento sino la responsabilidad.

Léelo sabiendo que lo escribió alguien de dieciocho años en un verano sin sol, por una apuesta. Y luego mira alrededor, que la pregunta sigue encima de la mesa.


De otra obra que mira a la tecnología con desconfianza, Neuromante.

Imagen destacada: portada de la primera edición de 1818, escaneada por Christie’s, dominio público vía Wikimedia Commons.

Arnau San Freda

Arnau San Freda es un crítico incansable, amante de los videojuegos con alma y profundidad. Criado entre píxeles y pergaminos, su pasión por el análisis lo llevó a desmenuzar cada mecánica, cada historia y cada línea de código que conforma una obra maestra del gaming. Con un enfoque detallado y sin concesiones, sus reviews combinan conocimiento, humor y una inmersión total en el arte de los videojuegos.

En Criticabits, su misión es separar lo legendario de lo olvidable, siempre con una pluma afilada y un ojo crítico implacable.

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