Una estación orbita un planeta cubierto por un océano que es un único ser vivo del tamaño de un mundo. Los científicos llevan un siglo estudiándolo sin entender nada, y han generado una bibliografía enorme que no explica absolutamente nada. Y entonces el océano empieza a devolverles algo: a cada uno, la persona que menos querría volver a ver.
En corto. La mejor novela escrita sobre la imposibilidad del contacto. No hay traducción posible, no hay mensaje que descifrar y no hay final explicativo. Lem sostiene la incomodidad hasta el último párrafo, que es exactamente lo que casi nadie se atreve a hacer.
Ficha técnica de Solaris
Autor
Stanisław Lem
Publicación
1961, en polaco
Qué es Solaris
Un océano que ocupa un planeta entero
Qué hace
Materializa recuerdos de quien lo estudia
Traducción inglesa clásica
1970, hecha desde el francés
Opinión de Lem sobre ella
Mala, y lo dijo repetidamente
Traducción desde el polaco
2011, de Bill Johnston
El planteamiento
Un psicólogo llega a la estación de Solaris y se encuentra a la tripulación en un estado lamentable: uno se ha suicidado, otro se ha encerrado y el tercero le habla en acertijos y le recomienda que no salga de su camarote de noche.
El motivo aparece pronto. El océano ha empezado a fabricar personas a partir de los recuerdos más dolorosos de cada uno, y las manda a la estación. No son fantasmas: son materia, hablan y no entienden qué son.
Lo que no es. No es una historia de terror ni una venganza del planeta. El océano no castiga: probablemente ni siquiera sabe que hay alguien ahí. Lo que hace parece más un reflejo, o un experimento, o nada en absoluto. El libro no lo aclara y ésa es la decisión central.

Contra la ciencia ficción de su época
En 1961, el contacto con inteligencias no humanas se contaba siempre igual: descifrar el código, encontrar el idioma común, llegar a un entendimiento. Lem pensaba que eso era una fantasía consoladora y escribió este libro para desmontarla.
Su tesis es que no hay ninguna garantía de que dos inteligencias surgidas por caminos distintos tengan nada que decirse. Ni conceptos comunes, ni intereses compartidos, ni siquiera la noción de que el otro es alguien con quien hablar.
El contacto que se escribía entonces
- Hay un mensaje que descifrar.
- Hay intenciones que entender.
- Se llega a un acuerdo o a una guerra.
- El otro es, en el fondo, como nosotros.
El contacto según Lem
- Puede que no haya mensaje.
- Puede que no haya intenciones reconocibles.
- No se llega a nada.
- El otro no tiene por qué parecerse en nada.
Los capítulos dedicados a la historia de la solarística —un siglo de teorías, escuelas enfrentadas y bibliografía inútil— son, en ese sentido, la broma más seria del libro: una ciencia entera construida sobre la suposición de que había algo que entender.
El asunto de las traducciones
Aquí hay algo que conviene saber antes de comprar, porque afecta a lo que vas a leer.
La versión inglesa que circuló durante cuarenta años no se hizo desde el polaco: se hizo en 1970 a partir de una traducción francesa de 1966. Una traducción de una traducción. Lem, que leía inglés perfectamente, se quejó de ella en repetidas ocasiones.
- 1961. Se publica en polaco.
- 1966. Traducción al francés.
- 1970. Traducción al inglés desde el francés, la que circuló durante décadas.
- 2011. Bill Johnston traduce por fin desde el polaco, y la familia de Lem la respalda.
En español la situación ha sido mejor que en inglés, pero conviene mirar de qué idioma viene la edición que tengas en la mano. No es una manía de purista: en un libro donde la mitad del efecto está en el tono, importa.

Por qué aguanta
Porque no tiene fecha de caducidad tecnológica. No hay naves descritas al detalle ni aparatos que vayan a quedar ridículos: hay una estación, un océano y tres personas hundiéndose.
Y porque la pregunta que plantea —si el encuentro con algo verdaderamente distinto sería siquiera un encuentro— no se ha respondido ni se va a responder pronto.
No buscamos otros mundos. Buscamos espejos. Y eso, en el libro, es exactamente lo que el océano nos devuelve.
Arnau San Freda
Preguntas frecuentes
¿Es una novela de terror?
No, aunque tiene escenas muy angustiosas. El océano no castiga ni amenaza: hace algo que los personajes no consiguen interpretar, y el malestar viene de eso, de no poder asignar una intención a lo que está pasando.
¿Se explica al final qué es el océano?
No, y es deliberado. Lem escribió el libro precisamente contra la idea de que todo contacto acaba en comprensión. Si al final hubiera una explicación, la novela contradiría su propia tesis.
¿Qué traducción conviene?
Cualquiera hecha directamente desde el polaco. La versión inglesa clásica de 1970 se tradujo desde una versión francesa, y Lem se quejó de ella repetidamente; en 2011 Bill Johnston tradujo por fin desde el original.
¿Hay que ver antes alguna película?
No, y probablemente es mejor no hacerlo. Las adaptaciones se centran en la historia personal del protagonista, que en el libro es importante pero no es el tema. El tema es la imposibilidad del contacto.
Veredicto: el libro que se niega a consolarte
Solaris es lo que pasa cuando un autor se toma en serio una pregunta que el género llevaba décadas respondiendo a la ligera. Y la respuesta que da es incómoda: puede que no haya nada que entender, y puede que lo único que encontremos ahí fuera sea nuestro propio reflejo mal devuelto.
Sesenta y cuatro años después, nadie ha escrito nada mejor sobre el asunto. Y sigue sin explicar el final, que es justo por lo que sigue en pie.
De otro encuentro que no se deja interpretar, El fin de la infancia.
Imagen destacada: primeras ediciones polacas de la obra de Stanisław Lem, fotografiadas por Wickipädiater, licencia CC BY-SA 4.0 vía Wikimedia Commons.




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